En este caso, nos encontramos ante un ejemplo de crisis que escapa al control de todos sus actores. Tanto los controladores como el Ejecutivo se encontraron sobrepasados por la situación y las acciones adoptadas por uno y otro reflejan ese hecho. Para los controladores (el colectivo culpable de la situación crítica del puente, y en eso todo el mundo está de acuerdo), el primer fallo fue salirse de los cauces legales y hacer una huelga salvaje que nadie cree que sea espontánea.
El segundo error, y el más importante en comunicación de crisis, fue no informar a la opinión pública y dejar claro qué hacían y por qué. El viernes por la tarde, hubo una rueda de prensa de los controladores en la que no se dijo nada del caos que ya entonces estaba comenzando a producirse. Durante toda la tarde del viernes y la jornada del sábado, no hubo una comparecencia pública por su parte, dando todo el protagonismo mediático al Gobierno y perdiendo cualquier oportunidad de explicarse ante la sociedad. Cuando se decretó el Estado de Alarma el sábado, toda España estaba ya en su contra y cualquier simpatía que se hubiera podido generar ya estaba perdida de antemano. Los controladores se vieron superados por la situación por no medir las consecuencias que podían tener sus acciones y por no explicar su postura ante la sociedad. Ya lo hemos dicho alguna vez, en una situación de crisis, la peor comunicación es no comunicar.
Para el Gobierno la situación tampoco era mucho más fácil. En los primeros momentos de la tarde del viernes 3, faltó una cara visible del Ejecutivo para explicar su postura. El presidente de AENA habló el primero, pero en aquel momento, las noticias eran cada vez más graves, con más y más vuelos cancelados y aeropuertos cerrados. La formación de un gabinete de crisis y la comparecencia del ministro Blanco por la tarde sirvió para que la opinión pública conociera la situación desde la perspectiva del Gobierno. Las dos siguientes declaraciones fueron a cargo del vicepresidente Rubalcaba, lo que aumentó la gravedad de la situación, que ya había sido suficientemente amplificada por los medios, que recogían en tiempo real la situación de aeropuertos y viajeros. Ya el sábado se declaró el Estado de Alarma, aprobado en un consejo de ministros extraordinario, y la normalidad comenzó a retornar a los aeropuertos españoles.
Aunque el Gobierno también se vio sobrepasado y tuvo que ir elevando el tono de los comparecientes ante los medios y las medidas que anunciaban en cada momento hasta llegar al extremo del estado de alarma, actuó correctamente en el sentido de dar información periódica y actualizada a la opinión pública, asegurándose así de que su visión de la historia fuese reflejada por los medios y dada a conocer a la sociedad. Pero hay un fallo en su actuación, y es la ausencia de Zapatero durante el fin de semana de la crisis. En una situación tan excepcional, es el líder quien tiene que poner cara a la actuación de la organización y que haya sido el vicepresidente Rubalcaba sólo servirá para alimentar especulaciones que no le convienen al Gobierno.
Pero esta crisis no ha acabado aún, aunque ya no sea portada en los periódicos. El Real Decreto del viernes 3 fue el detonante de la huelga salvaje y, aunque los controladores son los responsables, la causa última del caos fue dicha iniciativa del Ejecutivo. Evidentemente, nadie en su sano juicio pensaba que se fuera a llegar a los extremos que se llegaron, pero es un punto que puede pasar factura al Gobierno más adelante, sin ir más lejos, cuando se plantee (o no) la prórroga del estado de alarma. Aún así, el Ejecutivo tiene ahora la sartén por el mango, habiendo actuado como el sheriff que ha rescatado a los españoles de un colectivo que los tenía secuestrados. El problema vendrá si esta crisis pasa sin consecuencias, ya que es algo que la opinión pública no va a perdonar, y eso puede pasar factura al Ejecutivo que, de momento, ha sabido aprovechar la oportunidad en esta crisis.



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