Mike volvió por el mismo camino de siempre a su casa. Aunque más que casa... podría decirse que era una habitación alquilada. Y demasiado era. No todos los obreros podían permitirse tener una habitación alquilada en pleno centro del Alma.
Anduvo recordando lo ocurrido con el corazón que ocupaba el cuerpo donde vivían. Una fuga, una simple fuga, había organizado tal desastre. Y sin embargo, con un par de tiritas, la cosa se había solucionado. Al menos de momento. Los corazones no lo aguantan todo con un par de tiritas. Pensando y pensando llegó a la conclusión de que sería realmente estúpido ser como los humanos. Tener un corazón. Pero no un corazón como el que tienen las personas, no. Un corazón como el que tienen los humanos, las personas humanas de verdad. En ocasiones envidiaba la capacidad que tenían los humanos de querer. La sensación de que el mundo se acaba y no te queda pista, los nervios, la barriga dando saltos, la cara de tonto, la pérdida de apetito, las noches en vela, la alegría permanente, la sonrisa imborrable. Claro, que todo esto lo sabía por los libros que había leído. Él... él no se había enamorado nunca. ¿Verdad?
Mike tropezó con la piedra en la puerta de casa otra vez. Sí, “la piedra”, porque siempre era la misma, la misma con la que se tropezaba todos los días. Sabía por los libros que había leído que los humanos son propensos a equivocarse una y otra vez, a cometer el mismo error una, dos y tres veces más. Que el dolor que les provocaba algo lo olvidaban rápidamente porque enseguida volvían a caer. Que tropezaban con la misma piedra una y otra vez. Él no tenía corazón, él no podía querer, pero también tropezaba con la misma piedra todos los días y siempre se daba en la misma zona de la rodilla. ¿Será así el dolor que sienten los seres humanos cuando vuelven a tropezar?
Harto de tener todos los días la misma historia, hoy se decidió. Quiso quitar la piedra, pero irónicamente la pequeña piedra pesaba como una de 100 kilos. Intentó apartarla, pero seguramente volvería a tropezar al día siguiente. ¿Por qué no son los humanos capaces de quitar la piedra del camino? ¿Les pesará a ellos 100 kilos también, algo tan pequeñito?
Aquella noche, Mike volvió a cometer el mismo error de siempre. Volvió a dejar la piedra en el mismo sitio y, desde su ventana, volvió a mirar para que nadie se tropezara con ella, y que, en el caso de que lo hicieran, no la rompieran.
Los humanos deben de ser algo así -Pensó Mike.- Dejan la piedra donde está, después de repudiarla, y confían en que siga en su sitio cuando se levanten por la mañana.
Para volver a tropezar.




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