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Las falacias de los defensores de la propiedad intelectual

El pasado sábado, el siempre excelente blog Nada es gratis publicaba este escrito de Jesús Fernández-Villaverde, y no puedo menos que aceptar el desafío de su último párrafo, y copiarlo para compartirlo con los lectores de EScomunicación. Aquí lo tenéis. Es largo pero merece mucho la pena (las negritas son mías).

Copyright sign made of jigsaw puzzle pieces separated

La verdad es que los pesados de los “derechos de autor” me tocan las narices cada vez más, por decirlo así de sencillo y de claro. No se que me molesta más: si su farisea moralina o su falta de conocimientos de economía.

Ayer Samuel Bentolila ponía un link a la columna en FT donde se hablaba de mi post con Luis sobre la consolidación fiscal y explicaba que si no salía, se pusiera el título del artículo en Google y que se iba a él. Alguien nos entró a protestar con el argumento que con ello fomentábamos la piratería intelectual. Cuando le respondimos que esto era una bobada, porque FT te deja mirar un número de artículos gratis al mes sin tener que pagar, primero nos dijo que a FT eso no le hacia gracia ya que quiere que uno se registre primero (lo cual es irrelevante; un lector, PVN, lo explica muy bien en otro comentario que además clarifica que nuestro protestón no sabe lo que es un caché) y segundo entró en una diatriba de cómo el sistema actual era fantástico, con afirmaciones tan peregrinas como “El sistema de derechos de autor en Occidente es hasta la fecha la mejor forma conocida de garantizar el crecimiento y la innovación.” Si uno se va a la página web de la asociación con la que firmaba el comentario (aparentemente no le apetecía dar su nombre verdadero, será que está protegido por algún copyright) se ven, además, las típicas acusaciones sobre robos y demás

Bueno, pues esto no es verdad, es solo una pila de falacias de un grupo de presión que quiere limitar el crecimiento económico.

Empecemos por el principio: ¿es violar la propiedad intelectual robar como roba un pirata? No. Esto es muy obvio una vez que se piensa un poco. Los economistas solemos distinguir entre los bienes rivales y los bienes no rivales. La diferencia se fundamenta en si el uso del bien por un agente económico impide a otro agente usarlo al mismo tiempo: si la respuesta es que sí, es un bien rival, si la respuesta es no, no lo es. Pensemos en una camisa: si yo me pongo una camisa, a la misma vez usted, querido lector, no se la puede poner (al menos que queramos hacer una escena de película de los hermanos Marx). En comparación, si yo estoy utilizando el teorema fundamental del cálculo, no impido a nadie que también lo use. Los 7000 millones de seres humanos podemos estar empleándolo a la misma vez y no pasa nada. Por ello, cuando yo le quito una camisa a mi vecino, le impido que la pueda seguir empleando. Cuando yo le copio a mi vecino su libro de macroeconomía, no impido que él lo pueda seguir usando. Por tanto, el bien bajo propiedad intelectual no me lo estoy apropiando.

Lo que sí que puedo estar causando es un perjuicio económico. Si el dueño del libro es su autor y yo lo copio, él sigue siendo el propietario del libro pero, por ejemplo, no me lo puede vender. Este daño no es un robo, es, como su propio nombre indica, un posible ingreso que se ha perdido.

Me dirá usted, entonces, que en realidad no hay tanta diferencia: que un robo supone la pérdida de un bien y la copia de un libro supone un lucro cesante. Sí y no. Sí, porque en ambos casos el agente sufre una pérdida. No, porque en el segundo caso lo que realiza es una perdida de potenciales ingresos futuros que nuestro sistema jurídico respeta en muchos casos. La mejor prueba de ello es la limitación temporal en los derechos de propiedad: la camisa es mía y lo será siempre. Si tengo descendientes, se la podrán ir pasando el uno al otro hasta el final de los tiempos cuando se caiga a cachos. En cambio, el derecho de propiedad intelectual expirará en un momento u otro. Es decir: que el derecho ya reconoce de manera bastante clara que estamos hablando de cosas muy distintas.

Pero pongamos otro ejemplo para ir más allá. Imaginémonos que yo, en vez de copiar el libro de macroeconomía de mi vecino, escribo uno mejor y le robo el mercado. El daño se lo causo igual: le quito los ingresos futuros. Esto es perfectamente legal. Sin embargo, si yo creo una nueva camisa, no impido a mi vecino que siga disfrutando de su camisa original sin problema.

La única conclusión lógica a la que se puede llegar, por tanto, es que el copiar una obra intelectual es un acto que no limita el disfrute de la cosa por su propietario pero que causa un daño económico en una tercera persona y que el derecho ha decidido limitar en ciertos casos. Robo, no es robo de nada. Daño al autor: sí, si efectivamente se pierde el flujo de ingresos.

¿Por qué protege el derecho la propiedad intelectual? Porque es necesario dar incentivos ex ante a los creadores de obras intelectuales. Estas se caracterizan por generar, casi en su totalidad, solo costes fijos, mientras que los costes marginales son casi cero. Pensemos en una película: el coste de la misma es filmarla (coste fijo), el coste de vender un DVD más de la misma es casi trivial. Si estuviésemos en un sistema donde copiar DVDs fuera gratuito, el precio de los mismos convergería rápidamente a su coste marginal (cero) y por ello, en principio (las cosas en realidad son más sutiles, por eso digo en principio) el creador nunca podría recuperar sus costes fijos, con lo cual no habría creación intelectual. El remedio que tenemos en occidente es dar un “monopolio” temporal al creador de la obra (o el que tenga el derecho en ese momento) por el cual si alguien vende DVDs de la misma película, se le aparecerá la Guardia Civil a hacerle cambiar de opinión. El monopolista entonces impondrá un precio superior al coste marginal, lo que genera una distorsión ex post.

Es decir: que el otorgar derechos de propiedad intelectual es únicamente un sistema de incentivos y por tanto carece de ninguna valoración moral, ni positiva ni negativa. Nadie tiene “derecho” innato y natural a la propiedad intelectual (sí que creo que tiene derecho al reconocimiento de ser el autor, pero nada más). La propiedad intelectual es simplemente un mecanismo de la sociedad para solucionar un problema. Es como poner una cañería en la casa de uno: por algún sitio tiene que ir el agua.

Y de la misma manera que uno puede diseñar distintas cañerías, existen diversas maneras de suministrar los incentivos adecuados. En particular, tenemos que recordar que el monopolio al que nos referíamos genera una distorsión ex post para generar los incentivos ex ante. Por tanto es sensato pensar en la posibilidad de mecanismos alternativos.

El primero es el mecenazgo, público o privado. Buena parte de lo mejor de la innovación en la historia de occidente ha venido del mismo, incluido la inmensa mayoría de la ciencia básica y de la tecnología moderna. Este post está escrito gracias la arquitectura básica de internet, Unix, C++ y Latex, todos ellos productos de este mecenazgo. La financiación (pseudo) pública nos ha dado Unix; la búsqueda de beneficios, Windows Vista.

El segundo son los premios. A lo largo de la historia los gobiernos han otorgado premios a aquellas personas que generaban una nueva idea (por ejemplo, un reloj particularmente exacto para la navegación). Muchos economistas como Michael Kremer han propuesto recuperar esta tradición y que los gobiernos anuncien, por ejemplo, un premio a la primera compañía que encuentre una vacuna efectiva contra ciertas enfermedades tropicales.

El tercero es el facilitar mecanismos de cooperación múltiple. Wikipedia es el mejor ejemplo posible: en vez de gastarnos un dinero tonto en una enciclopedia privada, tenemos ahora una pública que es varios órdenes de magnitud mejor.

El cuarto son todos los mecanismos de innovación competitiva que han permitido, por ejemplo, el crecimiento de Walmart. Buena parte de los procesos de negocios no están protegidos y pueden ser copiados libremente y sin embargo las empresas continuamente crean nuevos procesos.

Finalmente, y manteniéndonos dentro del sistema actual, se pueden cortar muchos de los excesos que el mismo tiene. Que un libro siga estando protegido 70 años después de la muerte del autor me parece sencillamente absurdo. Cualquier flujo de ingresos futuros descontados tan lejos en el tiempo a un tipo de interés sensato (pongamos el 4% anual) es trivial. La presunción es, en consecuencia, que estamos protegiendo en exceso a la propiedad intelectual. Quien tenga opinión contraria debe de suministrar evidencia: la carga de la prueba recae en aquellos que quieren el monopolio, no en lo que los queremos eliminar.

Dado que existen alternativas, la necesidad de reconfigurar nuestro sistema de propiedad intelectual es más importante que nunca. En un mundo digital los límites a la creatividad y a la experimentación, son tan difusos que, coartarla como intenta hacer buena parte de la industria con cosas como SOPA es una profunda equivocación. Vivimos en un momento en el que deberíamos de pecar de poca protección, no de protección excesiva. Daron Acemoglu lo explica mucho mejor que yo:

Para que no los sepan Daron es uno de los líderes actuales de la profesión económica. No se me ocurre nadie en su generación que haya contribuido más en temas de crecimiento económico o de la innovación.

Pero los ejemplos de gente que se ha sentado a pensar en este tema y han llegado a la conclusión de que nuestro sistema actual no tiene ni pies ni cabeza serían interminables así que solo voy a citar uno cercano a este blog: Michele Boldrin, que junto con David Levine, han escrito un magnífico libro al respecto. Lo mejorcito de la profesión, por tanto, es profundamente escéptica sobre el sistema de protección actual.

Son los defensores del sistema actual los que están en minoría en el mundo académico. Se aferran a una concepción anticuada de la innovación y lo que es peor, ni saben historia económica ni entienden los problemas de incentivos existentes. Y encima aderezan esa ignorancia con “moralina” de serie americana barata: “que si esto es robar”, “que si es piratería”, blah, blah. Zarandajas.

Así que querido lector: si usted es de los que les molesta el sistema actual y quiere luchar para cambiarlo, por favor adelante. Callemos con nuestros argumentos a una industria que quiere destruir nuestro futuro de innovación y crecimiento.

Pd. Y prediquemos con el ejemplo: copie este post masivamente, cuanto más mejor.

 

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Se puede ganar mucho dinero sin cobrar nada

Hasta hace bien poco, lo habitual era que todo tiene un precio y que todo puede comprarse. Hoy, y cada vez en más sectores, es más fácil ofrecer tu servicio de forma gratuita para obtener beneficios mucho mayores de los que conseguirías cobrando.

Seguramente tengas un correo en Gmail, Hotmail o Yahoo tanto para tus necesidades personales como profesionales y no has pagado por él. Cada vez que utilizas Google para buscar información, no aparece en tu tarjeta de crédito. No hay ningún contador que te cobre por las veces que usas Twitter. Cuando entras en Facebook no tienes que abonar ninguna cuota. Consultar Wikipedia no te cuesta nada. WordPress no te pasa la factura a fin de mes. Flickr no te cobra por almacenar tus fotos y Dropbox tampoco por guardar tus archivos.

Se puede ganar mucho dinero sin cobrar nada.

 

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La información en la era digital

Vía: Infografías en castellano.

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El dominio de la docena digital

La segunda tendencia que examina Ken Doctor en Newsonomics es el dominio de la docena digital, que engloba a las grandes marcas globales de comunicación. Estas empresas son ya grandes nombres de la comunicación y, en la nueva era digital, son capaces de llegar a millones de usuarios aprovechando el alcance global de su marca.

Digital Color Wheel.

¿Quién está en esa docena digital? La lista que ofrece Doctor es bastante local, en el sentido de que la limita a las grandes compañías estadounidenses. Así, encontramos a cabeceras como New York Times, Wall Street Journal, USA Today o Washington Post, junto a otras como Financial Times, The Guardian o The Telegraph al otro lado del Atlántico. En televisión, incluye a las tres grandes cadenas americanas, NBC, ABC y CBS, junto a la británica BBC y otras dos que han surgido del cable como CNN o Fox News. Finalmente, cita a agencias como Associated Press o Reuters y la compañía Bloomberg.

Sí, son más de una docena, pero el propio Doctor señala que con los años, el grupo se reducirá a doce o menos por las fusiones y colaboraciones entre empresas. Sólo empresas de este tamaño pueden competir en el nuevo escenario mediático, centrado en la multiplataforma (prensa, TV, radio, web) y la promoción cruzada entre los diversos medios.

Estamos en la primera fase de la globalización de las empresas de comunicación, un momento de grandes oportunidades y también de grandes retos. Piensa en lo que era hace 30 años. Periodismo, noticias y medios de comunicación eran prácticamente sinónimos. Ahora, la definición es mucho más amplia. Hay corporaciones que incluyen las noticias dentro de sus actividades, como Time-Warner o compañías cuyas actividades pueden solaparse con las noticias, como Google o Yahoo.

Así, estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo ecosistema, en el que las tecnologías de la publicidad y la distribución de contenidos han alcanzado tal punto que estamos redefiniendo el mismo concepto de multimedia y multiplataforma. La crisis ha hecho que esta revolución se haya ralentizado, a medida que los miembros de la docena digital han guardado sus fuerzas para más adelante. Pero ya estamos viendo cómo las redes sociales y los blogs se han engarzado en la estructura de los medios en internet, y la dura competición por la lucrativa audiencia de los nichos o por ser el medio dominante en la tecnología móvil.

Incluso estamos viendo cómo poco a poco lo local gana importancia en las redacciones, y esa será la próxima tendencia que examinemos: El auge de lo local.

Más en la serie de Newsonomics:

 

 

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Comienza #MarzoNegro

En unas pocas horas dará comienzo el mes de marzo y la iniciativa #BlackMarch o #MarzoNegro, en la que Anonymous y otros colectivos llaman a no comprar ningún producto cultural en represalia por el cierre de Megaupload e iniciativas como SOPA, PIPA o la Ley Sinde. Es un llamamiento internacional para golpear a las multinacionales de la cultura “donde de verdad les duele: en su margen de beneficios”.

No sé si #MarzoNegro tendrá algún éxito. La situación actual de crisis no ayuda a que la gente consuma y cuando hay que apretar el cinturón, música, cine o videojuegos son los primeros en caer. Marzo ya va a ser bastante negro de por sí. Además, todavía recuerdo otra iniciativa popular surgida también en la red como fue el movimiento #nolesvotes. Creo que todos recordamos cuál fue el resultado…

A pesar de todo, espero y deseo que #MarzoNegro tenga algún impacto, y no me refiero a los medios de comunicación. Si cuando llegue el momento de hacer balance, se ha podido reducir aunque sea un 5% las ventas de discos o entradas de cine, podremos hablar de éxito. Y quizás consigan cambiar alguna mentalidad.

Quede claro que apoyar #MarzoNegro no es ir contra los autores, sino contra una industria moribunda que es incapaz de asumir que todo ha cambiado y que no ofrece alternativas a sus consumidores. Cada vez con más frecuencia, esa industria reacciona desproporcionadamente ante las libertades y oportunidades que ofrece internet, tratando a sus clientes como enemigos y delincuentes o promoviendo nuevas leyes para mantener el sistema tal y como era en el siglo pasado.

El mundo ha cambiado para siempre, pero todavía hay quien no se ha dado cuenta.

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En la era del contenido darwiniano, somos nuestros propios editores

La primera gran tendencia que examina Ken Doctor en Newsonomics es la que da título a este post. ¿Pero qué es eso del contenido darwiniano? ¿ Por qué somos nuestros propios editores? Veamos por qué.

En la actualidad, internet ya supera a la prensa escrita en penetración y como fuente de información. Ya lo hace en Estados Unidos y en Europa no deberá de tardar mucho si no es así ya. A eso hay que sumar que hemos pasado de una economía de la escasez de información a una sobreabundancia de información, a la que accedemos desde mútiples dispositivos y canales. Las alertas de noticias nos inundan, llegan a nuestro correo electrónico y nuestros teléfonos que vibran o suenan con cada nueva notificación. Puede ser un poco intimidatorio, pero es el mundo que estamos creando.

Como consecuencia de todos estos fenómenos, la figura del gatekeeper ha desaparecido. Anteriormente, los gatekeepers (“guardianes de la puerta”) eran los editores de cada medio, que decidían qué noticias entraban y cuáles no. Hoy, eso ya no tiene sentido.  Si alguien quiere leer noticias sobre la Comarca de la Vera o sobre la liga de waterpolo, las va a encontrar.  La larga cola nos demuestra que cualquier información, por oscura que sea, interesa a algún colectivo, por lo que es absurdo limitarse.

Así, somos libres para escoger nuestras noticias y nos hemos hecho editores de las mismas. Pero no olvidemos un factor muy importante: el poder de las recomendaciones sociales. Ahora son las recomendaciones de nuestros conocidos a través de las redes sociales las que componen la mayor parte de las noticias que consumimos. Esas recomendaciones, realizadas por la gente que mejor nos conoce y ajustadas a nuestros gustos y preferencias, son las que están revolucionando el marketing y la publicidad y las que permiten viralizar los contenidos.

Cuando nos enfrentamos a una cantidad casi infinita de información y nuestro tiempo sigue siendo limitado, es entonces cuando surge el concepto de contenido darwiniano. Sólo el contenido más apto sobrevivirá y podrá tener nuestra atención. ¿Cuál es el contenido más apto? Todavía estamos definiéndolo, pero una cosa es clara: no tiene  por que ser el mejor, el periodismo no es una meritocracia. Y por desgracia, todos conocemos que los contenidos más consumidos no son siempre los mejor hechos o los más elaborados.

En lo que se refiere a las empresas periodísticas, las más aptas serán las que aprendan a usar la tecnología mejor que los demás, a aprovechar mejor la naturaleza social de las noticias, a enfocar sus esfuerzos a nichos específicos y por supuesto, a vender anuncios relacionados con las noticias. Esas cuatro variables serán las que permitan sobrevivir a las empresas en la década digital que ahora está comenzando.

¿Y quiénes serán esas empresas? Eso queda para la entrega del próximo viernes, en la que hablaremos de las que Doctor denomina la docena digital (The digital dozen), las empresas que dominarán el panorama digital de los próximos años.